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Acababa de salir del trabajo, solo pensaba que tenia un mes por delante de vacaciones y que hacia tres semanas que había cortado con mi novia, habíamos planificado entre los dos mis vacaciones pero al romper no quería planes ya improvisaría sobre la marcha así que después de dos días en casa ya pensaría a donde iría seguramente a Ibiza que hacia tiempo ya que no iba por allá.

En el camino a casa después de estacionar mi coche, me detuve delante del escaparate de un comercio de camisas las observe al igual que a las dependientas y de pronto me vi reflejado en el cristal del comercio y me dije, tranquilo chavalote, pronto te desquitaras de estas tres semanas de sequía sexual, tienes buena planta 1,90 de altura, ancho de espalda nada gordo, rubio, pelo corto y guapote de cara lo dicho con tus 21 añitos en una semana a lo sumo y tu actividad sexual de nuevo al día.

Abro la puerta de casa, hola ya estoy aquí, que raro nadie me contesta, mama, Chiqui, que raro.

___ Nene, ven sube me dice mi madre, desde su habitación

Subo y veo a mis padres en su cuarto haciendo las maletas

___ ¿Qué pasa? Les pregunto

___ Que tus abuelos han tenido un accidente, y nos vamos para el pueblo a cuidarlos

___ ¿pero que les paso?

___ Nada hijo tranquilo, me dice mi padre, pudo haber sido peor, pero gracias a Dios solo la abuela tiene un pie roto y esta escayolado, y el abuelo unas costillas fisuradas pero tienen que guardar reposo y conociéndolos a los dos como no estemos allí no van a parar ni un momento así que he adelantado mis vacaciones y nos vamos tu madre y yo un par de semanas con ellos así los cuidamos. Leer todo

Cada doce horas el robot realizaba los protocolos correspondientes, comprobando la temperatura del recinto y la luminosidad, la salubridad del estanque…, todo lo que venía siendo, en fin, la rutina de los últimos siglos. No le importaba: él no existía más que para servir a los seres humanos y velar por su bienestar.

Echó un detenido vistazo a las pantallas de televisión que ocupaban tres de las paredes de la cabina y que le permitían vigilar cada uno de los rincones del recinto. Ahora resultaba muy fácil porque el rebaño de humanos dormía plácidamente. Hacinados sobre almohadones y exhaustos de sexo, dormían profundamente gracias a los narcóticos que los robots les suministraban y que ellos aceptaban encantados porque les permitían ver alucinaciones asombrosas antes de sumirse en un dulce sopor… Desde luego yacían desnudos: no necesitaban ninguna ropa en el recinto perfectamente climatizado. Fuera lloviznaba y corría un viento fresco, pero la temperatura del recinto era permanentemente de treinta grados por el día y veinte por la noche. Jamás ocurría nada que pudiera perturbar su sueño. Leer todo

Relato porno del 12 de mayo del 2010. La primera vez me quedé alucinada, claro: llegué a casa temprano, decidida a sorprender a Javi, mi marido. Por entonces teníamos veinticinco o veintiséis años, no hacía ni uno que nos habíamos casado, y vivíamos, como ahora, en casa de su madre.

Abrí la puerta de la calle silenciosamente y caminé de puntillas hasta la sala buscándole con su regalo de cumpleaños en la mano. Al asomarme a hurtadillas me quedé paralizada: sentada en el sofá, Carmen, mi suegra, inclinada sobre él, que permanecía de pié frente a su cara, le comía la polla parsimoniosa y solemnemente.

No supe responder. Me quedé asomada, muy quieta, contemplando la escena en silencio sin saber como reaccionar.

Carmen tenía los botones de la blusa desabrochados y sus senos, grandes y muy blancos, se bamboleaban colgando por encima del sostén al ritmo de sus movimientos lentos y cadenciosos. Sus labios se deslizaban despacio alrededor de la polla de mi hombre, que brillaba de saliva, y alcanzaba hasta tragársela entera, haciendo un ruidito entonces gutural, como de arcada, y manteniéndola así unos segundos durante los que mi marido sujetaba su cabeza con las manos como queriéndola ahogar, hasta que se apartaba no pudiendo aguantar mas, manteniendo las manos en sus nalgas, y respiraba hondo babeando mientras la polla, magnífica, cabeceaba en el aire con un hilillo brillante y líquido goteando sobre sus tetas.

Estaba como hipnotizada, paralizada, incapaz de moverme, confusa, debatiéndome entre la indignación y una excitación brutal que me hacía sentirme culpable, quizás de no sentir asco ante el espectáculo que se desarrollaba frente a mi. Pero es que no podía moverme. Aquellos labios deslizándose lentamente alrededor de la polla venosa y dura; aquellos senos péndulos, brillantes de saliva y del fluido preseminal xxx que parecía manar inagotablemente de la polla de mi marido; aquellos gemidos quedos a coro con los otros, guturales que Carmen emitía al tragársela con los ojos entreabiertos, deleitándose en ella; aquella escena perversa, de una brutal sexualidad, me tenía prisionera, asombrada, escondida tras la puerta con las bragas empapadas sin atreverme ni a respirar, ni a pestañear, incapaz de apartarme. Leer todo

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