Era mi primer trabajo como camarera y no me fue nada fácil teniendo en cuenta que mi jefa con sus inoportunos comentarios me lo hacía bastante cuesta arriba. Tenía queja para todo. Estaba mal que tuviera confianza con los clientes de la misma manera que lo estaba si tenía poca o si era demasiado generosa o demasiado fría, todo le molestaba. Lo preocupante llegó cuando se tomó la libertad de juzgar mi aspecto. Tenía días para decirme que debía bajar de peso y días para decirme que mi vestuario era demasiado provocativo para un bar de barrio. ¿A quién quería engañar? Le repateaba terriblemente doblarme la edad, tener una cara vulgar y un cuerpo mediocre, no soportaba que bajo sus blusas sus pechos se mostraran como leves abultamientos cercanos a su vientre, que su culo se dejara llevar por las leyes de la gravedad y verse obligada a ocultar sus amplias caderas en aquellos pantalones masculinos y pasados de moda. Su rostro hierático denotaba una clara ausencia de apetito sexual, vamos que era una frígida en toda regla, solterona hasta los 40 que se casó con Joey para interés de él.
Joey era el encantador marido americano de mi jefa, trabajaba donde podía y cuando quería, pero digamos que ella con su trabajo de funcuionaria lo mantenía, para no quedarse sola, supongo… De vez en cuando venía a echarme una mano al bar, he de reconocer que cada vez, más a menudo. Teníamos una gran complicidad y aunque no comprendía bien el idioma no nos era muy difícil despotricar contra su mujer, tampoco teníamos problemas en hablar de sexo siempre con respeto, yo llevaba tres meses sin practicarlo y estaba que me subía por las paredes, el trabajo absorbía todo mi tiempo. Él de vez en cuando tenía sus aventuras para ignorancia de su mujer, era evidente pues aunque ya había dejado atrás los 40 tenía un aspecto que muchos de los chicos de 25 con los que me había enrollado últimamente envidiarían. Continua leyendo »
Relato porno del 1 de junio del 2010. Las vacaciones en Brasil estaban resultando mejor de lo que yo esperaba. En principio, el concepto “complejo turístico tropical todo incluido” me resultaba aburrido y algo tópico. Pero después de un año bastante difícil en lo laboral, tanto para Luna como para mí, aquellos diez días en las playas brasileñas nos estaba viniendo de lujo. Luna y yo vivimos juntos desde hace algunos años. Los dos andamos cerca de los treinta, pero la verdad es que ella parece mucho mas joven que yo. Es menuda, delgada, con un culo redondito que se mueve graciosamente cuando camina, y unos pechos duros y erguidos que son mi perdición. A su aspecto juvenil contribuye una cara de niña traviesa, una preciosa sonrisa que ilumina y unos ojos claros con los que también sonríe cuando te mira.
Nuestra vida sexual es mejor que buena, jamás pensé encontrar una pareja con la que me compenetrara tan bien. Solo hay un pequeño “pero”: A ella le cuesta mucho superar su vergüenza y compartir conmigo sus fantasías. Una de esas pocas fantasías que he logrado que confiese es que le gusta el exhibicionismo. Conseguí que admitiera que fantasea con hacer el amor mientras un mirón la observa. Yo, por el contrario, soy mucho más pudoroso en cuanto a exhibirme, incluso alguna vez he parado si estábamos en público, y veía que unos besos y un magreo iban a pasar a algo más. Pese a su fantasía exhibicionista, y en contra de lo que pudiera parecer, Luna es una chica bastante tímida. No enseña más de lo normal en estos tiempos de tangas y canalillos, y, cuando vamos a la playa, ni siquiera hace topless. Por eso me sorprendió tanto lo que nos ocurrió. Continua leyendo »
Relato porno 26 de marzo del 2010, los mejores relatos porno. ¿Por qué lo hice? No sabría muy bien cómo responder a eso. ¿Qué por qué la primera vez que hice una mamada fue a un hombre que no era mi marido? Ciertas preguntas a veces no tienen respuesta fácil. El caso es que mi matrimonio funciona bien, con altibajos supongo, como sucede en otras parejas, pero en fin nada hay que justificara el lanzarme ciegamente a darle alegría oral al cipote de cualquier otro tío.
Era un sábado por la mañana; mi marido salió con nuestros hijos y yo me quedé a hacer limpieza general. Fastidiada por una tarea que no me apetecía realizar puse la radio para escuchar música y mira por donde empezó a sonar You can leave your hat on, esa canción de la película Nueve semanas y media. Al escucharla me fui animando poco a poco a hacer tonterías: besitos sensuales al aire, caricias a mi propio cuerpo al tiempo que me contoneaba, baile sensual y simulacro de streptease. Subí el volumen de la música y me sentí ciertamente puta haciendo aquello. Pero de repente sonó el timbre de la puerta, insistentemente, dado que no habría oído las primeras llamadas por lo fuerte que sonaba la canción. Continua leyendo »