Cuando me sucedió esto tenia alrededor de los 16 años, en ese entonces yo no era de los clásicos jóvenes a los que les gusta estar de fiesta en fiesta o matarse estudiando, si no que yo me consideraba todo un estudiante promedio.
Me encontraba en las fechas muy importantes para la mayoría del planeta, Navidad y Año Nuevo, ya saben en donde no falta la excusa para sobre pasar el límite de alcohol en nuestro cuerpo o pretender hacer actos dignos de orgías de las que no había quien no hablara en ellas en los últimos días antes de salir de vacaciones.
En ese entonces solo me interesaba una cosa, más bien una persona, Gabriela. Ella era la clásica chava a la que le encantaba andar coqueteando con todos los de la escuela, tenía una reputación no muy buena ya que era de una de las que siempre estaba presente en las conversaciones que se hacían a cerca de tal fiesta o tal culeada que se había dado con Mengano o Perengano. Continua leyendo »
Te miré fijamente a los ojos y te pedí con un dulce susurro: “Ven mi vida, abrázame, besa mi boca, acaricia mi piel…mi cuerpo es todo tuyo”.
Tú hiciste lo que sensualmente te susurré y después de desnudarme lentamente, me tumbaste en la cama boca arriba y con esa voz tan varonil que me enloquece, me dijiste:
¡Mi niña, te voy a comer entera!.
Mientras veía como te desnudabas, yo tocaba mis tetas, las sobaba sin parar…con los dedos índice y pulgar de ambas manos pellizcaba suavemente mis pezones; erectos, muy duros, deseando una lengua caliente y voraz que los chupara: la tuya. Me dijiste con voz apasionada:
¡Me encanta chuparte y acariciarte toda; pasar mis dedos por todo tu cuerpo…por todos los rincones de tu cuerpo, hasta llegar al último pliegue de tu piel!. Continua leyendo »
A las 10:25 Jenny entró en el edificio de Hacienda. Preguntó a la chica que estaba en recepción, la cual respondió mecánicamente: “¿Inspección fiscal? Octava planta”. Se encaminó al ascensor y, mientras subía, trató de controlar sus nervios. Jenny tenía 23 años, aunque aparentaba algunos más. Había nacido en Ecuador y residía en España desde hacía algo más de un año. Tenía la piel muy blanca y el pelo negro ensortijado. Ni alta ni baja (rondaba el metro setenta), sus formas eran contundentes, típicas de las mujeres latinas del otro lado del Atlántico: pechos rotundos y generosos, caderas amplias, trasero redondo. En una palabra, curvas. Su rostro mostraba siempre una expresión enérgica, típica de aquellas personas acostumbradas a luchar cada día. Vestía unos tejanos ajustados, una camiseta de colores vivos, algo escotada, y zapatos de verano. En su bolso llevaba la carta que había recibido la semana anterior, en la que el Técnico de Hacienda Francisco G. la emplazaba a presentarse allí, aquel lunes del mes de junio, a las 10:30 de la mañana. Continua leyendo »