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En esta ocasión les relataré como ocurrió el primer trío HMH que ocasionalmente me dejó con un buen sabor de boca cuando el esposo de un matrimonio joven me invitó a compartir sexualmente a su mujer cuando yo contaba con apenas 23 años y nunca tuve este tipo de experiencias hasta ese día, agradezco a todas esas mujeres que me han escrito de manera oportuna al terminar de leer mis relatos con las cuales hemos formado una verdadera amistad llena de mucho morbo y deseo mutuo.

En la época de invierno en mi país, suelen ocurrir fenómenos naturales con algunas variantes dependiendo de los años, para la gente que lee en Europa les recuerdo que en Ecuador al estar ubicados en la Mitad del Mundo gozamos de 6 meses de verano y 6 meses de invierno, existe una hermosa ciudad en el centro de mi nación la cual tiene un nombre muy sui-generis y es Santo Domingo de los Colorados, es una localidad que posee un alto índice migratorio interno y también hay una mezcla de varias nacionalidades siendo esta una población muy heterogénea teniendo un crecimiento demográfico impresionante, hay que anotar algo muy importante y es que al tener mucha mezcla la genética ha favorecido a las mujeres de este hermoso paraíso terrenal ya que tienen una belleza exuberante digna de comprobarla y no sólo de dejarse contar, Dios ha hecho que florezcan ejemplares únicos en su género, son todas ellas unas diosas dignas de admiración, con unos rostros tallados por los mismos querubines y los cuerpos que no me cae la menor duda que ha metido mano Satanás ya que cada uno de ellos es una tentación ambulante, desde muy niñas es decir de 13 o 14 años como se dice acá ya están de monta, no se diga las mayores que son mi debilidad absoluta las mujeres que en este rincón tan peculiar del planeta están refundidas para gusto de los que podemos viajar a verlas, con todo lo dicho me someto a comprobaciones de su parte. Leer todo

La culpa no era nuestra, la culpa era del sistema educativo de entonces. Me refiero al que había en España (hoy día Estado Español) hace cincuenta reformas de la enseñanza. Unos treinta años de trescientos sesenta y cinco días al cambio. Y es que, imagínese usted, amable lector, a una clase de treinta chicos encerrados durante siete horas sin poder decir esta boca es mía y se hará una vaga idea. Idea mucho más dinámica si, además, me tomo la molestia de referirle que no aludo a un grupo de treinta chicos dicho en género neutro, treinta chicas y treinto chicos como dirían y dicen nuestros avezados políticos, no. Yo hablo de treinta chicos en masculino (y plural, claro), aunque ya entonces Antoñito López diera claros síntomas de una incipiente neutralidad que, años y sobre todo, tres hijos después, cada uno de ellos fruto de los amores con tres amantes distintos por parte de su amada esposa, ha quedado suficientemente aventada por las cuatro esquinas de nuestra Barcelona natal y regiones aledañas (más o menos, desde Okinawa hasta Santiago de Chile). En resumen: demasiados chicos, demasiadas horas, demasiadas clases.

Y claro, así luego ocurría lo que ocurría y que es a lo que voy, o al menos lo intento. Es decir, que una vez acabadas las clases y sueltos todos en estrepitosa algarabía, que ríase usted del empuje de los toros al tomar la calle de la Estafeta el 7 de julio, ya que si bien nuestra manada no era igualmente compacta, y tal vez tampoco iba tan bien armada (al menos de cuernos… no aún entonces), nada habíamos de envidiarles en cuanto a empuje viril o poder de contaminación auditiva (modestamente opino que en este punto ganábamos de sobra a los astados e incluso creo que hubiésemos derrotado a un B52 ampliamente). Y una vez salidos, salidos (en ambas acepciones), todos a la calle y tras desvalijar nuestras respectivas neveras, nos lanzábamos en furioso picado contra el parque de Pi i Calabuch donde pasábamos la hora del bocadillo, la de los deberes y las dos siguientes. Leer todo

Al disponerme a escribir esta anónima confesión me digo que quizás el lector podría pensar o tener una primera impresión que se trata de la típica historia de la pareja casada desde hace bastantes años y que, un tanto aburrida, se regala una segunda luna de miel.

Pero aunque así sea no puedo resistir las ganas de contarles a todos ustedes este reciente episodio de mi vida que considero único y excepcional. Repleto de experiencias que hasta entonces solo había conocido en mis sueños y fantasías, y que marca el que sin duda es el comienzo de una nueva (y muy placentera) etapa en mi matrimonio y en mi vida en general.

Sin extenderme en presentaciones les diré que me llamo Alejandro, tengo 39 años y trabajo de contable en una multinacional de seguros e inversiones. Estoy casado con Silvia desde hace algo más de quince años. Silvia es dos años más joven que yo y trabaja de profesora en una escuela pública de enseñanza primaria. Tenemos dos hijos varones, Raúl y Marcos, de 12 y 9 años respectivamente, y vivimos en un barrio residencial de la periferia de una gran ciudad de la costa mediterránea española.

Como les decía, tras casi tres lustros de matrimonio, la rutina se había instalado entre nosotros y aquellas pasión y locura de los primeros años, sobre todo los dos primeros, antes del primer embarazo, se habían esfumado. Siendo consciente de ello y comenzando a preocuparme muy seriamente de tal decadencia (admito haber comenzado a desear a casi todas las mujeres de mi entorno e incluso haber ido de putas algunas veces) decidí, ante la proximidad de nuestro quinceavo aniversario de bodas, darle una sorpresa a mi esposa. Pensé que un viaje juntos, los dos solos y en algún lugar bonito, romántico y tranquilo, podría hacer renacer entre nosotros un poco de esa complicidad que solo el erotismo, el deseo y el placer compartido pueden aportar a dos personas que, se supone, se aman.

En secreto busqué entre las muchas ofertas que tanto en agencias de viajes como por Internet proponían para las fechas que deseaba. Por una vez no me importaba el precio y para mi elección quise privilegiar ante todo el exotismo, el confort y la intimidad. Lo principal era evitar cualquiera de esos lugares abarrotados de turistas del Caribe, del sur de Europa o del norte de África. Finalmente me decidí por una de las alternativas más caras: un viaje de diez días a una pequeña y paradisíaca isla del archipiélago indonesio, alojados en un pequeño hotel compuesto por solo una veintena de bungalows individuales y situado en la misma orilla de una magnífica playa privada. También me ocupé de organizar el cuidado de nuestros hijos durante esos días y una vez todo resuelto, solo cuatro días antes del inicio del viaje, se lo anuncié a mi esposa. Leer todo

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