Era mi primer trabajo como camarera y no me fue nada fácil teniendo en cuenta que mi jefa con sus inoportunos comentarios me lo hacía bastante cuesta arriba. Tenía queja para todo. Estaba mal que tuviera confianza con los clientes de la misma manera que lo estaba si tenía poca o si era demasiado generosa o demasiado fría, todo le molestaba. Lo preocupante llegó cuando se tomó la libertad de juzgar mi aspecto. Tenía días para decirme que debía bajar de peso y días para decirme que mi vestuario era demasiado provocativo para un bar de barrio. ¿A quién quería engañar? Le repateaba terriblemente doblarme la edad, tener una cara vulgar y un cuerpo mediocre, no soportaba que bajo sus blusas sus pechos se mostraran como leves abultamientos cercanos a su vientre, que su culo se dejara llevar por las leyes de la gravedad y verse obligada a ocultar sus amplias caderas en aquellos pantalones masculinos y pasados de moda. Su rostro hierático denotaba una clara ausencia de apetito sexual, vamos que era una frígida en toda regla, solterona hasta los 40 que se casó con Joey para interés de él.
Joey era el encantador marido americano de mi jefa, trabajaba donde podía y cuando quería, pero digamos que ella con su trabajo de funcuionaria lo mantenía, para no quedarse sola, supongo… De vez en cuando venía a echarme una mano al bar, he de reconocer que cada vez, más a menudo. Teníamos una gran complicidad y aunque no comprendía bien el idioma no nos era muy difícil despotricar contra su mujer, tampoco teníamos problemas en hablar de sexo siempre con respeto, yo llevaba tres meses sin practicarlo y estaba que me subía por las paredes, el trabajo absorbía todo mi tiempo. Él de vez en cuando tenía sus aventuras para ignorancia de su mujer, era evidente pues aunque ya había dejado atrás los 40 tenía un aspecto que muchos de los chicos de 25 con los que me había enrollado últimamente envidiarían. Continua leyendo »


